La canción del pollino.

Recuerdo una canción de Gabinete Caligari que hablaba del fútbol. NO es de las más conocidas y, encima, su título poco tiene que ver con el arte futbolístico, con galácticos, dreams teams y esféricos. No explican lo que es un fuera de juego ni hacen referencia a los árbitros. Sólo hablan de la afición. Y el título es más que explícito: la canción del pollino.

 

No es que a todos los que les gusta el fútbol sean unos burros, ni los que acuden a los estadios tengan un encefalograma plano, pero últimamente, y en todos los sitios, ir al fútbol se convierte más en un deporte de riesgo, y no sólo para los que juegan, sino también para los que lo presencian.

 

Una vez acudí a un partido de fútbol en el que la selección española poco tenía que perder porque ya estaba clasificada. Mi hermano y unos amigos se sentaron a mi vera, con las gradas llenas hasta la bandera, y los colores rojo y amarillo eran nuestros colores, todos compartíamos el mismo equipo, la gente cantaba, bailaba... iba a ser un gran partido, más que por lo que España conseguiría, por la diversión.

 

El otro equipo era capitaneado por una estrella tránsfuga del equipo de la capital, así que todo el mundo, cuando no existía el "pásalo" vía sms, llenó sus bolsillos y bolsos de artilugios para tirárselos. Los de seguridad no daban abasto para retirarlos, era una verdadera salvajada la cantidad de bolsas que se amontonaban junto a la entrada del estadio, requisadas de cuantos intentaban explicarle la falta que les hacía un bote de cocacola o un tomate.

 

Cuando empezaron a calentar los jugadores, todo eran cánticos a favor y en contra. Cuando el tránsfuga hizo su aparición, miles de silbidos atronaron mis oídos, a pesar de ser yo de las pocas que aplaudían (el hombre sólo tuvo una mejora de empleo). Debajo de mi grada, una familia, en la que unos padres llevaban a su hijo por primera vez al fútbol. Debajo de ellos, una fila entera de chicos con bómber negra, cabeza rapada y muy mala leche.

 

Todo iba bien (ganábamos el partido) cuando los chicos de la bómber negra dieron la vuelta a la chaqueta, poniéndosela con el forro hacia fuera. Era, se ve, la señal. Empezaron a tirar toda clase de objetos al portero contrario, mientras el pobre hombre no sabía dónde meterse. Aguantó lo inaguantable, menos mal que no entendía el idioma español, porque le dijeron más que un perro. Un policía pasó por allí y apaciguó un poco los ánimos, pero en cuanto se fue, los chicos volvieron a hacer de las suyas, esta vez tirando cosas más contundentes que impactaron en el portero. Hartito, el chico cogió algo del suelo y se lo tiró a los de la bómber. Craso error. Una lluvia de objetos, gritos ensordecedores y una amenaza de invasión de campo para linchar al mártir del portero, hizo que la policía, ya en número considerable, se acercara hacia nuestra grada. Se posicionaron frente a los chicos que seguían insultando, saltando asientos y tirando cosas. La familia miraba aterrorizada, al igual que nosotros, el momento en que los policías cambiaron sus gorras azules por los cascos de antidisturbios y empezaron a subir.

 

Jamás unos minutos creo que me hicieron tan eternos. Esos gilipollas habían hecho que los policías sacaran sus porras y amenazaran con empezar a calentar a los presentes. El niño estaba cagado de miedo, sus padres intentaron salir de sus asientos para alejarse de la movida, pero no les fue posible. Nosotros empezamos a insultar a ese grupo de pollinos, y pronto un "fuera, fuera" general por parte del estadio hizo que los chicos tuvieran que callarse, sentarse y dejar de tirar cosas al portero. La policía ya se quedó con sus cascos frente a ellos el resto del partido. Pero la que se podía haber liado...

 

No entiendo cómo, una cosa que tendría que ser festiva, puede llegar a convertirse en tragedia, en suceso, o que abra las páginas deportivas con sucesos lamentables por parte de gente que, seguramente, en su día a día, son gente normal, pero que cuando llegan al estadio se metamorfosean en a saber qué clase de espectro o demonio, llegando incluso a agredir a otros espectadores, a porteros, jugadores o árbitros.

 

Está claro que la canción de gabinete generaliza demasiado. Pero estoy completamente segura de que habla de gente como esos chicos de la bómber.

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