Paquito.

Tengo un amigo que es decorador. La ciudad/pueblo/aldea donde resido se le quedó pequeña, y la cosa es que aquí no hay gran cosa donde decorar. Así que cogió sus bártulos y se fue a la capital de la provincia, a la capital del reino, al otro lado del mundo, en donde hizo mil cosas que aquí le hubieran resultado imposible realizar. Su verdadero yo resplandeció en el anonimato, mientras los viejos amigos imaginábamos, pero no queríamos admitir, la clase de madera con la que estaba hecho.

 

Este viejo amigo, al que no veo desde hace tiempo, regresa muy pocas veces a este humilde rincón del mundo. Cuando vuelve, se le nota cohibido, aplastado, sofocado. Él, que nunca admitió su verdadero yo, es de otra manera cuando coincides con él en la capital, en otra ciudad, en donde todos somos anónimos. Aquí lleva un cartel invisible en la espalda, en donde todo el mundo le ha puesto la misma palabra. Yo opino que todo es envidia, ya que es la envidia de toda madre, toda hija, hermana, novia o esposa. Por eso los hombres han sido tan crueles con él.

 

Y empezó a trabajar en cafeterías, en heladerías, mientras estudiaba su gran pasión. Aún me parto de risa cuando, en un museo, al que en la vida iba a volver a entrar, me veo a alguien tronchao de risa en la barra de la cafetería. Era él.

-Pero ¿¿¿¿qué haces aquí???-le pregunté.

-Sabía que me dirías eso...

La cosa es que había coincidido otras tres veces más en tres cafeterías diferentes de la capital. Y ya es casualidad. Por cierto: nos invitó también a café.

 

Ahora no sólo sigue siendo tan guapo como cuando era pequeño, sino que su belleza ha florecido aún más, si cabe. Sus ojos azules, sus pecas, sus labios carnosos... siguen siendo los mismos de cuando todas las de la clase decíamos que era nuestro novio (era párvulos, claro). En cambio, su mirada ha ganado inteligencia, sabiduría, ha ganado valor.

 

Ahora lo veo de vez en cuando cuando me acerco a la capital. Paso por la tienda y, si lo veo, le hago una señal. Siempre tiene una sonrisa para mí, un saludo amable. Paquito ha sido siempre un encanto. Y siempre lo será.

 

El que lo ve ahora, acaba diciendo "huy, si yo estudié con ése". Si, hijo, si... Y tú eras el que lo llamaba medianena. Míralo. Es feliz así. Fue feliz en la cafetería. Fue feliz en el pueblo. Y seguro que es más feliz que cualquiera de nosotros.

 

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