La verdadera historia de superzrú.
Dedicado a Olimpia (gracias por todo)
Superzrú (con minúscula) nació con un bote de barquillos de turrón bajo el brazo. Algo así como lo que le pasa a Obélix con la marmita de la poción mágica, superzrú cogió un empacho de barquillos, por lo que los efectos aún continúan.
Superzrú (con minúscula, es que empiezo frase y tengo que poner mayúscula) tiene la costumbre de no callarse casi nunca. Protesta por todo lo que le parece injusto. Odia a los déspotas, a los falsos, a los mentirosos. Tal vez por eso su círculo de amigos es bastante reducido. Eso sí, conocidos, a puñaos. Tiene la mala costumbre de ser el abogado de las causas perdidas, por lo que, como a cualquier superhéroe, eso le ha traido más tristezas que alegrías. Muchísimos ultrajados que fueron vengados en su momento olvidaron que, quién lo hizo realmente, fue superzrú. Por eso, esta heroina (de drogas, no)(si, de las otras)(sí, esas) es un alma solitaria que suele pasárselo bien consigo misma (y no de la forma que estáis pensando)(bueno, si, a veces si), y su debilidad es el café: le encaaaaaaaaaaanta irse a tomar café con quien sea.
Superzrú (con minúscula, etc, etc...) necesita reponer fuerzas con los barquillos rellenos de turrón. Lo pasa verdaderamente mal cuando acaban las navidades y ya no hay. Por eso, busca sucedáneos como las chucherías, los chupachups con chicle, los kikos... Le da trabajo al dentista de vez en cuando (porque los dentistas tienen que comer, claro está) y eso le hace un poco más feliz sabiendo que si deja de fumar unos cuantos se irán a la calle por su culpa.
Su traje de superhéroe es escaso. No significa que vaya casi en cueros (no, por dios, entonces la idolatrarían como mujer más deseada del mundo), sino que lo mismo puede ir con vaqueros que con pantalón de tela. La cosa es que no necesita ponerse nada para diferenciarse de los demás. Ahí radica su secreto. Sólo utiliza un distintivo que la diferencia de los demás: un llavero con forma de toro.
Tras pasarse todo el día burlando a viandantes con prisas, viejas que empujan y amigos que no lo son, superzrú descansa en un pequeño pisito en el centro de su ciudad, tan anónima como ella, en el que ella colecciona libros, escribe en este blog y se come todo el dulce que puede. Y esta semana no sólo no ha engordado, sino que se le ha ido un pelín el hambre y ha perdido peso. Cosa rara en navidades, pero sí que tiene que ver con ellas...
Algún día superzrú tendrá carnet de coche y ya no tendrá que ir caminando a los sitios o coger el autobús o el tren para liberar la justicia entre sus congéneres. Se olvidará de bonos mensuales. Entonces, superzrú tendrá más autonomía. Eso sí: andando, se puede ir también al trabajo...
El único deseo que tiene que se puede decir es poseer la fábrica de barquillos rellenos de turrón más grande del mundo. El deseo que tiene hacia los demás es que hay que ser buena persona. El deseo que se guarda para ella no lo sabe nadie.
Así es superzrú. ¿Lo vale?