Regalos sorprendentes
Como a todo el mundo, me gusta que me regalen. Con tal de que me guste, es suficiente. No soy como Oscar Wilde, de gustos sencillos que se conformaba con lo mejor. A mí también me gusta lo bueno, pero lo bueno es que me guste, lo sea o no.
Recorro mi vida regalera y me encuentro verdaderas joyitas. Por ejemplo, mi amigo Andrés hizo el libro de mi vida, copiado de a saber quién... Una versión un tanto libre, casi cien hojas escritas a mano, con ilustraciones suyas y fotos recortadas del hola y folletos de juguetería. A Andrés no lo admitieron en Bellas Artes. Y España perdió un artista. Que lo digo yo.
Otro regalo sorprendente, no fue el objeto, sino quién y cómo. Un sábado por la noche, en un bar, un amigo de mi hermano me regaló una rosa. Yo no tenía ni la más ligera sospecha de que yo pudiera resultarle agradable al chico, pero esa rosa me costó las risas de mi hermano y a él la burla de sus amigos. Pero fue un detalle. La rosa se secó y no quise guardarla, ya que el pobre chico no tenía ninguna oportunidad conmigo. Pero siempre es bonito que te regalen flores. No fue la primera ni la última, pero fue el detalle de demostrar delante de su amigo que su hermana nostabatanmal...
Recuerdo que alguien, a quien enseñé a escribir poesías, me regaló una a mí, como en una especie de agradecimiento. Nuestra relación quedaba reflejada en ese extenso poema, riñas contínuas, amistad un tanto peculiar y una especie de demostración de aprecio por su parte. Aún me la sé de memoria, ya que quedó marcada en mí. La rompí. Hay gente que no se merece que queden pruebas de su existencia.
Otra vez, un pastor me regaló una cruz hecha con un trozo de corteza de árbol. Yo no tendría más de quince años, y al hombre no lo he vuelto a ver. La cruz se rompió por varios trozos, y uno se perdió. Pero el resto aún la conservo, porque el hombre, campechano, alegre, divertido, me decía que yo le recordaba a su hija. Y por eso, me hizo la cruz.
Trabajando en un hipèrmercado, un representante me preguntó si quería algún libro en especial. Tenía decenas de promociones en los que los libros se regalaban. Yo le dije que me daba igual. Los hipermercados no dejan que los representantes regalen a los trabajadores, ni aunque sean externos. Él me trajo tiempo más tarde, uno de un escritor famoso dedicándomelo a mí (casi me muero) y un diccionario. Qué buena gente era este hombre... Pensó que yo no tendría diccionario, y sabía que me encantaba ese escritor.
Por último quiero contar una anécdota de la universidad, en la que en una asignatura apenas pisé la clase (bueno, ninguna). Cuando me presenté, suspendí con una nota no muy baja, pero allá que fui yo a la revisión, por si acaso. La profesora no se creía que, sin ir a clase, hubiera sacado esa nota (un cuatro), sin que nadie me ayudara. No sólo no me aprobó, sino que me invitó a asistir a las clases al año siguiente porque estaba segura de que sacaría muy buena nota. "Eres un diamante en bruto", me dijo. Al año siguiente, no fui a clase, y aprobé. Con un cinco. Porque yo era un diamante en bruto y me lo había dicho ella.
Mientras escribo, escucho "Home" de Depeche Mode. Es otro regalo de la música para mí.
Es curioso cómo hay cosas que apenas tienen valor económico poseen un gran valor afectivo. Y otras cosas que no son materiales, te hacen pensar en la maravillosa persona que puedes llegar a ser.
Y yo soy maravillosa, pero sobretodo cuando quiero.
A todos ellos, gracias.