El despertar del domingo
Resulta que me he despertado a las nueve de la mañana. Y por mí, hubiera estado entre las sábanas hasta las tantas, hasta que me cociera en la cama. Pero no. El despertador que he tenido ha sido un tanto... peculiar. Ha sido por un polvo.
No, el polvo no era mío. Ojalá. Por lo menos, ése. Es que mi vecina, la de los kikis, no tiene otra manía que retransmitir en directo para toda la comunidad lo bien que se lo pasa en la cama con el novio o quien sea. Y claro, una no es sorda, y las paredes tampoco son de cemento armado. Y así, se oye lo que se oye. No apto para menores.
Ya se sabe lo de los kikis, que lo mismo caen a las cuatro de la tarde o a las cuatro de la mañana... ¿pero a las nueve de un domingo?¿porqué? Me ha robado, tal vez, cinco minutos más de sueño, pero no es justo. Yo la comparo con tener un pub debajo de casa. Que unos se lo pasen bien haciendo ruido y molestando a los demás, no me parece justo.
¿Y qué manía es esa de gritar así? Ni que hubiera sido una peli porno: guión escaso pero abundante acción y efectos especiales. Que aver, que los demás podemos hacer lo mismo, pero no se entera nadie, o por lo menos eso intentamos. Pero eso de que su habitación y la mía estén pegadas... pues no sé. Como que si le doy dos mamporros a la pared queda un poco de mala vecina, ¿no? Que disfrute la chica.
Eso sí: ójalá le venga otra vecina con grandes pulmones y la líbido por las nubes y que la despierte a las nueve de la mañana de un domingo con una escenita por megafonía de la que se entere toda la calle. Y que le hunda el techo, a ver cómo le sienta.
Feliz domingo.